Cuando el médico pierde el norte

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En este artículo, Fernando Soler, médico jubilado y miembro de la DMD, reflexiona sobre el vídeo que publicamos el pasado viernes 18 de julio en este post: “¿Por qué se nos prohibe morir bien?“.

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La compasión, dice Aristóteles en su Retórica, es un sentimiento de pesar por la aparición de un mal destructivo y penoso en quien no lo merece; un mal del que ni el compasivo ni su entorno se encuentran por otra parte, libres. Este estar uno mismo expuesto nos ayuda a ponernos en lugar de quien sufre y acompañarlo. Com-padecer, en último extremo, no significa sino padecer-con quien padece.

Eugene Smith2Muchos y variados son los males “destructivos y penosos” que nos amenazan a los frágiles seres humanos pero seguramente a ninguno estamos tan universalmente expuestos como a la enfermedad. Bien mirado y entendida la enfermedad en un sentido amplio, todos estamos llamados a enfermar; siquiera una última vez.

Tal vez por ello, por estar todos en riesgo, la enfermedad ha sido desde el comienzo de los tiempos objeto generalizado de compasión. Cualquier persona “de talante honesto”, en palabras de Aristóteles, siente compasión por su semejante enfermo.

Ese carácter amenazante de la enfermedad y su acreditada capacidad para arrebatarnos la vida, único bien del que disfrutamos todos (aunque con muy diferentes grados de calidad) ha hecho que los esfuerzos por comprender primero y suprimir después la enfermedad, hayan transitado desde la magia (lo misterioso) a la ciencia y, hasta cierto punto, que de la simple compasión como acompañamiento solidario (se tiende a preferir hoy el término solidaridad al de compasión por las connotaciones religiosas de éste) se haya pasado a la compasión activa que trata de poner fin a la enfermedad: del chamán al médico.

Ciertamente, en el último siglo el desarrollo de la capacidad de curar las enfermedades ha restado relevancia a la compasión por el enfermo. Por decirlo bruscamente con un ejemplo: no es preciso que un cirujano sienta compasión por un paciente afectado de una apendicitis aguda; sólo necesita saber operar. No obstante ello, es fácil suponer un acuerdo bastante generalizado en que, dada una capacitación técnica comparable, todos preferiremos un cirujano amable y cercano a uno déspota.

Quiero decir que aunque la capacidad de empatizar, de acompañar al enfermo y su entorno afectivo en su padecimiento, de trasmitirle bondad, interés y afecto como persona, son condiciones que todos agradecemos en un médico (o médica), la exigencia irrenunciable hoy es su capacidad resolutiva. Al menos en la medida que nuestra enfermedad sea curable. Otra cosa es cuando fracasa la ciencia médica y ningún médico puede proporcionarnos la curación de una enfermedad de naturaleza necesariamente mortal. En ese caso, los valores de solidaridad recobran su máximo significado.

Es un hecho que la creciente tecnificación y complejidad de la medicina ha exigido, para garantizar un suficiente nivel de competencia en los profesionales, el olvido relativo de la formación en humanidad. En nuestras facultades y hospitales se aprende bastante bien a curar pero poco o nada a cuidar.

El gran desarrollo de la capacidad técnica de la medicina ha coincidido con la secularización de las sociedades occidentales y el paso de una moral social de base religiosa, basada en los dogmas, a una moral ciudadana fundamentada en los Derechos Humanos Universales. Como se ha dicho en ocasiones: pasamos de la condición de súbditos a la de ciudadanos sujetos de derechos inalienables.

El cambio de paradigma moral trajo consigo (con medio siglo de retraso, hay que decirlo) el fin del modelo tradicional de relación paciente-médico, el Hipocrático, en que el paciente quedaba reducido a mero objeto del quehacer médico.

Cambiar de ese modelo paternalista al actual, basado en la igual dignidad de médico y paciente, no ha sido fácil, en verdad. Los médicos que tenían el valor de la compasión bien interiorizado, cambiaron el paternalismo por el respeto a la autonomía personal. Entendieron de un modo práctico que el paciente no es un niño al que hay que guiar paternalmente (suplantando su voluntad) sino un adulto competente que tiene pleno derecho a ser respetado en sus decisiones. No sólo desde una moral ciudadana y crítica, también desde las leyes a que esa moral basada en los DDHH ha dado lugar.

Esa clase de médico no ha tenido dificultad para interpretar la dignidad personal en clave de decisión autónoma y, ha comprendido su papel de colaborador imprescindible para que la decisión del paciente sea verdaderamente libre. Este papel no es otro que el de proporcionar una información veraz y completa de la situación y, en todo caso, acompañarlo en el proceso tal y como a él mismo le gustaría ser acompañado en tal circunstancia.

Eugene Smith 3Vuelvo ahora a Aristóteles, tan querido por el fundamentalismo religioso judeo-cristiano. Según su enseñanza, sólo los soberbios, los que se tienen por encima de los demás, están negados para la compasión. Para el soberbio no existe más criterio moral que el suyo propio. Discrepar de él es necesariamente error o, peor aún: maldad.

Que, desgraciadamente, hay médicos soberbios es conocido por todos. Como nos relata José Luis en el vídeo, la familia de María Antonia Liébana tuvo la desgracia de encontrarse con una versión especialmente peligrosa de médica: aquella que une a una soberbia sin límites, una ignorancia también ilimitada. El testimonio de José Luis muestra perfectamente la indignación que el trato con un médico endiosado genera en cualquier ser humano que se siente digno de ser respetado.

José Luis y su familia al completo sabían que la pretensión de la médica, empeñada en alimentar a María Antonia artificialmente a través de un tubo colocado desde la nariz al estómago, no tenía otro objetivo que mantenerla en estado vegetativo indefinidamente; algo que María Antonia había rechazado siempre. Esa “profesional” estaba obligada a conocer el derecho a rechazar esa alimentación de forma representada por sus familiares dado su estado de coma. La Ley de Autonomía del Paciente es perfectamente clara –y obligatoria– al respecto.

Pero esta clase de médicos parecen más empeñados en hacernos padecer en vida ese infierno que tanto les obsesiona, en lugar de acompañarnos –compadecernos– en la enfermedad desde el más exquisito respeto a nuestra voluntad.

Lo que, afortunadamente, no resulta frecuente es que un personaje semejante lograse manipular en contra de María Antonia y su familia el criterio de un juez que, ignoro si además de soberbio, resultó ser igualmente ignorante de las leyes. No diré que el desconocimiento (peor aún si es desprecio) de las leyes que regulan el ejercicio profesional de un médico pueda encontrar alguna disculpa pero tal ignorancia en un juez pone en cuestión la tutela judicial efectiva y nos deja literalmente a los pies de los caballos (tales médicos, como es sabido, andan siempre a caballo; incluso por las salas del hospital).

Parece bastante evidente que resulta urgente una legislación clara despenalizadora de la disponibilidad de la propia vida al menos en situaciones de sufrimiento inaceptable. Será la única forma de librarnos de personajes como los que tuvieron que soportar José Luis y su familia.

Fernando Soler, médico jubilado

Autoría de las fotos: W. Eugene Smith, de la serie Médico rural, 1948

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